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Foro de loterias y loteros - Infolot

Foro para los administradores de loterías

Manualidades para pasar las horas en la pecera


https://www.instructables.com/id/Homemade-UV-Disinfection-Cabinet/
Permalink Sobrevivir al aburrimiento  
29-05-2020 12:28

y de hambre como sobrevivimos???? porque es lo mas preocupante con estas comisiones indecentes y ver que no hacemos nada, es lo peor.
Permalink asckeado  
29-05-2020 12:40

No os preocupeis, que dentro de pocas horas Coletas & Cía nos van a arreglar a todos
con la Renta Mínima Vital.
Si el trabjo es salud........
Permalink .......viva la tuberculosis  
29-05-2020 12:50

despues de la renta minima vital pasara a cartilla de racionamiento vital...y siempre dependiendo de un plato de comida del gobierno. malditos socialcomunistas!!! que solo generan vagos y delincuentes y llevar al pais a la miseria y al hambre.
Permalink venezolano  
29-05-2020 12:59

Pero que bobos sois
Permalink Vasco republicano  
29-05-2020 13:02

QUE INTRASIGESTE QUE SOY EL PUEBLO VOTO Y EL RESULTADO FUE EL QUE GOBIERNA.
CUANDO SEA OTRO ...PUES ESO.
Permalink INTOLERANTES  
29-05-2020 13:09

https://www.instructables.com/id/Recycled-Glass-Bottle-Decor/
Permalink Para el mostrador por dentro  
29-05-2020 13:12

https://www.youtube.com/watch?v=hLHeDZlr97Q
Permalink Soledad en los locales,mucha  
29-05-2020 18:42

https://www.youtube.com/watch?v=a2kc4gnmld4

Grado 3 Low-Cost
Para lo que se vende sobra.
Permalink Como sustituir la caja fuerte  
29-05-2020 19:50

A ESTE PASO NI HACE FALTA CAJA FUERTE, EN SU DEFECTO NECESITAMOS UNA CABAÑITA PARA LAS ARAÑAS.
Permalink JUAS, JUAS,  
29-05-2020 19:54

https://as.com/meristation/2020/06/01/noticias/1590990078_523374.html
Permalink Jugar desde local a Pokémon GO  
01-06-2020 13:50

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02-06-2020 10:32

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#Quedateencasaynovuelvas
Permalink Me voy a preparar Donuts a casa  
03-06-2020 13:06

Echar a la once y se trolleais a la Selae!!!!
Permalink Once o mejor doce.  
03-06-2020 23:43

https://www.instructables.com/id/Sand-Screw-for-Beach-Umbrella-/
Permalink Sombrilla bien fijada en playita  
12-06-2020 18:35

https://www.instructables.com/id/Frankenstuffed-The-Feejee-Mermaid/

Ideal para escenificar las reuniones de las asociaciones representativas con SELAE.
Que risas.

Y cuando todo termine, otra de concurso literario.
Y tan amigos.

Ponte aquí otra de gambas a la plancha y otra jarra, chaval.
Como se vive de lo publico no hay nada igual.
Permalink Asociaciones-SELAE xala Reunión  
18-06-2020 12:59

cialis erectile dysfunction
Permalink AGepCitDiuctcic  
22-06-2020 09:49

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22-06-2020 15:24

https://www.youtube.com/watch?v=hbpO75PScG0


Que el tiesismo y la falta de liquidez no te impida tener un estilo propio y divergente.
Permalink Vehículo para ira a la pecera.MA  
23-06-2020 22:52

Presentamos un relato proveniente de la región central de Madagascar, donde se creó el reino de Merina en torno a una monarquía sacralizada. El cuento está incluido en Cuentos populares de África (Siruela, 2012), volumen editado por José Manuel de Prada-Samper, estudioso consciente de que las personas cuentan historias para dar sentido al mundo y para enseñar, para recordar o, sencillamente, para entretenerse. Este cuento es una muestra de la inabarcable riqueza de las literaturas orales del continente donde nació la humanidad.


En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

Relacionado
México: El feudalismo imperfecto
México: El feudalismo imperfecto
1 octubre, 2011

En «2011 Octubre»

Numeralia
Numeralia
1 noviembre, 2014

En «2014 Noviembre»

Que el fulgor de Rulfo te ilumine
Juan Rulfo: Antología Personal. México, Editorial Nueva Imagen, 1978 157. pp. Por lo sombrío que soy, creo que nací a medianoche. "Autobiografía armada" En 1974 Juan Rulfo sostuvo un diálogo con los estudiantes de la Universidad Central de Venezuela, les dijo que en su novela Pedro Páramo había dejado algunos…

1 abril, 1979

En «1979 Abril»

Literal.




nexos hoy
JUEVES, 25 DE JUNIO DE 2020

36.º ANIVERSARIO DE LA MUERTE
DE MICHEL FOUCAULT
Vigilar y fornicar
Michel Foucault
Vigilar y castigar:
Foucault y la otra
mirada al poder
Ronaldo González Valdés
Verdad y poder
Francisco Hinojosa
EDICIÓN IMPRESA
Junio 2020
Sumario

HOJEAR LA EDICIÓN IMPRESA
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Actualidad del pasado
Actualidad del pasado
Licencia para hacer televisión
Karl R. Popper
Hay por tanto una dificultad fundamental, interna, en la raíz del deterioro televisivo. El nivel ha descendido porque las estaciones, para mantener su audiencia, debían producir material cada vez más escandaloso y sensacionalista. El punto esencial es que difícilmente este material es también buenoPresentamos un relato proveniente de la región central de Madagascar, donde se creó el reino de Merina en torno a una monarquía sacralizada. El cuento está incluido en Cuentos populares de África (Siruela, 2012), volumen editado por José Manuel de Prada-Samper, estudioso consciente de que las personas cuentan historias para dar sentido al mundo y para enseñar, para recordar o, sencillamente, para entretenerse. Este cuento es una muestra de la inabarcable riqueza de las literaturas orales del continente donde nació la humanidad.


En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

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El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

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—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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Que el fulgor de Rulfo te ilumine
Juan Rulfo: Antología Personal. México, Editorial Nueva Imagen, 1978 157. pp. Por lo sombrío que soy, creo que nací a medianoche. "Autobiografía armada" En 1974 Juan Rulfo sostuvo un diálogo con los estudiantes de la Universidad Central de Venezuela, les dijo que en su novela Pedro Páramo había dejado algunos…

1 abril, 1979

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36.º ANIVERSARIO DE LA MUERTE
DE MICHEL FOUCAULT
Vigilar y fornicar
Michel Foucault
Vigilar y castigar:
Foucault y la otra
mirada al poder
Ronaldo González Valdés
Verdad y poder
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En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

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El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

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El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

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Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

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Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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Que el fulgor de Rulfo te ilumine
Juan Rulfo: Antología Personal. México, Editorial Nueva Imagen, 1978 157. pp. Por lo sombrío que soy, creo que nací a medianoche. "Autobiografía armada" En 1974 Juan Rulfo sostuvo un diálogo con los estudiantes de la Universidad Central de Venezuela, les dijo que en su novela Pedro Páramo había dejado algunos…

1 abril, 1979

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DE MICHEL FOUCAULT
Vigilar y fornicar
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Vigilar y castigar:
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Presentamos un relato proveniente de la región central de Madagascar, donde se creó el reino de Merina en torno a una monarquía sacralizada. El cuento está incluido en Cuentos populares de África (Siruela, 2012), volumen editado por José Manuel de Prada-Samper, estudioso consciente de que las personas cuentan historias para dar sentido al mundo y para enseñar, para recordar o, sencillamente, para entretenerse. Este cuento es una muestra de la inabarcable riqueza de las literaturas orales del continente donde nació la humanidad.


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Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

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El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

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Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

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En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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1 octubre, 2011

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En «2014 Noviembre»

Que el fulgor de Rulfo te ilumine
Juan Rulfo: Antología Personal. México, Editorial Nueva Imagen, 1978 157. pp. Por lo sombrío que soy, creo que nací a medianoche. "Autobiografía armada" En 1974 Juan Rulfo sostuvo un diálogo con los estudiantes de la Universidad Central de Venezuela, les dijo que en su novela Pedro Páramo había dejado algunos…

1 abril, 1979

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36.º ANIVERSARIO DE LA MUERTE
DE MICHEL FOUCAULT
Vigilar y fornicar
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Vigilar y castigar:
Foucault y la otra
mirada al poder
Ronaldo González Valdés
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Presentamos un relato proveniente de la región central de Madagascar, donde se creó el reino de Merina en torno a una monarquía sacralizada. El cuento está incluido en Cuentos populares de África (Siruela, 2012), volumen editado por José Manuel de Prada-Samper, estudioso consciente de que las personas cuentan historias para dar sentido al mundo y para enseñar, para recordar o, sencillamente, para entretenerse. Este cuento es una muestra de la inabarcable riqueza de las literaturas orales del continente donde nació la humanidad.


En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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1 octubre, 2011

En «2011 Octubre»

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1 noviembre, 2014

En «2014 Noviembre»

Que el fulgor de Rulfo te ilumine
Juan Rulfo: Antología Personal. México, Editorial Nueva Imagen, 1978 157. pp. Por lo sombrío que soy, creo que nací a medianoche. "Autobiografía armada" En 1974 Juan Rulfo sostuvo un diálogo con los estudiantes de la Universidad Central de Venezuela, les dijo que en su novela Pedro Páramo había dejado algunos…

1 abril, 1979

En «1979 Abril»

Literal.




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JUEVES, 25 DE JUNIO DE 2020

36.º ANIVERSARIO DE LA MUERTE
DE MICHEL FOUCAULT
Vigilar y fornicar
Michel Foucault
Vigilar y castigar:
Foucault y la otra
mirada al poder
Ronaldo González Valdés
Verdad y poder
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Actualidad del pasado
Actualidad del pasadoPresentamos un relato proveniente de la región central de Madagascar, donde se creó el reino de Merina en torno a una monarquía sacralizada. El cuento está incluido en Cuentos populares de África (Siruela, 2012), volumen editado por José Manuel de Prada-Samper, estudioso consciente de que las personas cuentan historias para dar sentido al mundo y para enseñar, para recordar o, sencillamente, para entretenerse. Este cuento es una muestra de la inabarcable riqueza de las literaturas orales del continente donde nació la humanidad.


En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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Que el fulgor de Rulfo te ilumine
Juan Rulfo: Antología Personal. México, Editorial Nueva Imagen, 1978 157. pp. Por lo sombrío que soy, creo que nací a medianoche. "Autobiografía armada" En 1974 Juan Rulfo sostuvo un diálogo con los estudiantes de la Universidad Central de Venezuela, les dijo que en su novela Pedro Páramo había dejado algunos…

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Hay por tanto una dificultad fundamental, interna, en la raíz del deterioro televisivo. El nivel ha descendido porque las estaciones, para mantener su audiencia, debían producir material cada vez más escandaloso y sensacionalista. El punto esencial es que difícilmente este material es también bueno
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Hay por tanto una dificultad fundamental, interna, en la raíz del deterioro televisivo. El nivel ha descendido porque las estaciones, para mantener su audiencia, debían producir material cada vez más escandaloso y sensacionalista. El punto esencial es que difícilmente este material es también bueno
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Hay por tanto una dificultad fundamental, interna, en la raíz del deterioro televisivo. El nivel ha descendido porque las estaciones, para mantener su audiencia, debían producir material cada vez más escandaloso y sensacionalista. El punto esencial es que difícilmente este material es también bueno este material es también bueno
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26-06-2020 11:32

Presentamos un relato proveniente de la región central de Madagascar, donde se creó el reino de Merina en torno a una monarquía sacralizada. El cuento está incluido en Cuentos populares de África (Siruela, 2012), volumen editado por José Manuel de Prada-Samper, estudioso consciente de que las personas cuentan historias para dar sentido al mundo y para enseñar, para recordar o, sencillamente, para entretenerse. Este cuento es una muestra de la inabarcable riqueza de las literaturas orales del continente donde nació la humanidad.


En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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Que el fulgor de Rulfo te ilumine
Juan Rulfo: Antología Personal. México, Editorial Nueva Imagen, 1978 157. pp. Por lo sombrío que soy, creo que nací a medianoche. "Autobiografía armada" En 1974 Juan Rulfo sostuvo un diálogo con los estudiantes de la Universidad Central de Venezuela, les dijo que en su novela Pedro Páramo había dejado algunos…

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En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

Relacionado
México: El feudalismo imperfecto
México: El feudalismo imperfecto
1 octubre, 2011

En «2011 Octubre»

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1 noviembre, 2014

En «2014 Noviembre»

Que el fulgor de Rulfo te ilumine
Juan Rulfo: Antología Personal. México, Editorial Nueva Imagen, 1978 157. pp. Por lo sombrío que soy, creo que nací a medianoche. "Autobiografía armada" En 1974 Juan Rulfo sostuvo un diálogo con los estudiantes de la Universidad Central de Venezuela, les dijo que en su novela Pedro Páramo había dejado algunos…

1 abril, 1979

En «1979 Abril»

Literal.




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36.º ANIVERSARIO DE LA MUERTE
DE MICHEL FOUCAULT
Vigilar y fornicar
Michel Foucault
Vigilar y castigar:
Foucault y la otra
mirada al poder
Ronaldo González Valdés
Verdad y poder
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Presentamos un relato proveniente de la región central de Madagascar, donde se creó el reino de Merina en torno a una monarquía sacralizada. El cuento está incluido en Cuentos populares de África (Siruela, 2012), volumen editado por José Manuel de Prada-Samper, estudioso consciente de que las personas cuentan historias para dar sentido al mundo y para enseñar, para recordar o, sencillamente, para entretenerse. Este cuento es una muestra de la inabarcable riqueza de las literaturas orales del continente donde nació la humanidad.


En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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Vigilar y fornicar
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Vigilar y castigar:
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Presentamos un relato proveniente de la región central de Madagascar, donde se creó el reino de Merina en torno a una monarquía sacralizada. El cuento está incluido en Cuentos populares de África (Siruela, 2012), volumen editado por José Manuel de Prada-Samper, estudioso consciente de que las personas cuentan historias para dar sentido al mundo y para enseñar, para recordar o, sencillamente, para entretenerse. Este cuento es una muestra de la inabarcable riqueza de las literaturas orales del continente donde nació la humanidad.


En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

Relacionado
México: El feudalismo imperfecto
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1 octubre, 2011

En «2011 Octubre»

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1 noviembre, 2014

En «2014 Noviembre»

Que el fulgor de Rulfo te ilumine
Juan Rulfo: Antología Personal. México, Editorial Nueva Imagen, 1978 157. pp. Por lo sombrío que soy, creo que nací a medianoche. "Autobiografía armada" En 1974 Juan Rulfo sostuvo un diálogo con los estudiantes de la Universidad Central de Venezuela, les dijo que en su novela Pedro Páramo había dejado algunos…

1 abril, 1979

En «1979 Abril»

Literal.




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36.º ANIVERSARIO DE LA MUERTE
DE MICHEL FOUCAULT
Vigilar y fornicar
Michel Foucault
Vigilar y castigar:
Foucault y la otra
mirada al poder
Ronaldo González Valdés
Verdad y poder
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Presentamos un relato proveniente de la región central de Madagascar, donde se creó el reino de Merina en torno a una monarquía sacralizada. El cuento está incluido en Cuentos populares de África (Siruela, 2012), volumen editado por José Manuel de Prada-Samper, estudioso consciente de que las personas cuentan historias para dar sentido al mundo y para enseñar, para recordar o, sencillamente, para entretenerse. Este cuento es una muestra de la inabarcable riqueza de las literaturas orales del continente donde nació la humanidad.


En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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Vigilar y fornicar
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En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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Juan Rulfo: Antología Personal. México, Editorial Nueva Imagen, 1978 157. pp. Por lo sombrío que soy, creo que nací a medianoche. "Autobiografía armada" En 1974 Juan Rulfo sostuvo un diálogo con los estudiantes de la Universidad Central de Venezuela, les dijo que en su novela Pedro Páramo había dejado algunos…

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En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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1 octubre, 2011

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1 noviembre, 2014

En «2014 Noviembre»

Que el fulgor de Rulfo te ilumine
Juan Rulfo: Antología Personal. México, Editorial Nueva Imagen, 1978 157. pp. Por lo sombrío que soy, creo que nací a medianoche. "Autobiografía armada" En 1974 Juan Rulfo sostuvo un diálogo con los estudiantes de la Universidad Central de Venezuela, les dijo que en su novela Pedro Páramo había dejado algunos…

1 abril, 1979

En «1979 Abril»

Literal.




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36.º ANIVERSARIO DE LA MUERTE
DE MICHEL FOUCAULT
Vigilar y fornicar
Michel Foucault
Vigilar y castigar:
Foucault y la otra
mirada al poder
Ronaldo González Valdés
Verdad y poder
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Presentamos un relato proveniente de la región central de Madagascar, donde se creó el reino de Merina en torno a una monarquía sacralizada. El cuento está incluido en Cuentos populares de África (Siruela, 2012), volumen editado por José Manuel de Prada-Samper, estudioso consciente de que las personas cuentan historias para dar sentido al mundo y para enseñar, para recordar o, sencillamente, para entretenerse. Este cuento es una muestra de la inabarcable riqueza de las literaturas orales del continente donde nació la humanidad.


En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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Que el fulgor de Rulfo te ilumine
Juan Rulfo: Antología Personal. México, Editorial Nueva Imagen, 1978 157. pp. Por lo sombrío que soy, creo que nací a medianoche. "Autobiografía armada" En 1974 Juan Rulfo sostuvo un diálogo con los estudiantes de la Universidad Central de Venezuela, les dijo que en su novela Pedro Páramo había dejado algunos…

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Presentamos un relato proveniente de la región central de Madagascar, donde se creó el reino de Merina en torno a una monarquía sacralizada. El cuento está incluido en Cuentos populares de África (Siruela, 2012), volumen editado por José Manuel de Prada-Samper, estudioso consciente de que las personas cuentan historias para dar sentido al mundo y para enseñar, para recordar o, sencillamente, para entretenerse. Este cuento es una muestra de la inabarcable riqueza de las literaturas orales del continente donde nació la humanidad.


En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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Juan Rulfo: Antología Personal. México, Editorial Nueva Imagen, 1978 157. pp. Por lo sombrío que soy, creo que nací a medianoche. "Autobiografía armada" En 1974 Juan Rulfo sostuvo un diálogo con los estudiantes de la Universidad Central de Venezuela, les dijo que en su novela Pedro Páramo había dejado algunos…

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En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

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El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

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—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



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1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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26-06-2020 11:34

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En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


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Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

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—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

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A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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1 octubre, 2011

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Que el fulgor de Rulfo te ilumine
Juan Rulfo: Antología Personal. México, Editorial Nueva Imagen, 1978 157. pp. Por lo sombrío que soy, creo que nací a medianoche. "Autobiografía armada" En 1974 Juan Rulfo sostuvo un diálogo con los estudiantes de la Universidad Central de Venezuela, les dijo que en su novela Pedro Páramo había dejado algunos…

1 abril, 1979

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36.º ANIVERSARIO DE LA MUERTE
DE MICHEL FOUCAULT
Vigilar y fornicar
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Vigilar y castigar:
Foucault y la otra
mirada al poder
Ronaldo González Valdés
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Presentamos un relato proveniente de la región central de Madagascar, donde se creó el reino de Merina en torno a una monarquía sacralizada. El cuento está incluido en Cuentos populares de África (Siruela, 2012), volumen editado por José Manuel de Prada-Samper, estudioso consciente de que las personas cuentan historias para dar sentido al mundo y para enseñar, para recordar o, sencillamente, para entretenerse. Este cuento es una muestra de la inabarcable riqueza de las literaturas orales del continente donde nació la humanidad.


En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

Relacionado
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1 octubre, 2011

En «2011 Octubre»

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En «2014 Noviembre»

Que el fulgor de Rulfo te ilumine
Juan Rulfo: Antología Personal. México, Editorial Nueva Imagen, 1978 157. pp. Por lo sombrío que soy, creo que nací a medianoche. "Autobiografía armada" En 1974 Juan Rulfo sostuvo un diálogo con los estudiantes de la Universidad Central de Venezuela, les dijo que en su novela Pedro Páramo había dejado algunos…

1 abril, 1979

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36.º ANIVERSARIO DE LA MUERTE
DE MICHEL FOUCAULT
Vigilar y fornicar
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Vigilar y castigar:
Foucault y la otra
mirada al poder
Ronaldo González Valdés
Verdad y poder
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Presentamos un relato proveniente de la región central de Madagascar, donde se creó el reino de Merina en torno a una monarquía sacralizada. El cuento está incluido en Cuentos populares de África (Siruela, 2012), volumen editado por José Manuel de Prada-Samper, estudioso consciente de que las personas cuentan historias para dar sentido al mundo y para enseñar, para recordar o, sencillamente, para entretenerse. Este cuento es una muestra de la inabarcable riqueza de las literaturas orales del continente donde nació la humanidad.


En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

Relacionado
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1 octubre, 2011

En «2011 Octubre»

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En «2014 Noviembre»

Que el fulgor de Rulfo te ilumine
Juan Rulfo: Antología Personal. México, Editorial Nueva Imagen, 1978 157. pp. Por lo sombrío que soy, creo que nací a medianoche. "Autobiografía armada" En 1974 Juan Rulfo sostuvo un diálogo con los estudiantes de la Universidad Central de Venezuela, les dijo que en su novela Pedro Páramo había dejado algunos…

1 abril, 1979

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36.º ANIVERSARIO DE LA MUERTE
DE MICHEL FOUCAULT
Vigilar y fornicar
Michel Foucault
Vigilar y castigar:
Foucault y la otra
mirada al poder
Ronaldo González Valdés
Verdad y poder
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Presentamos un relato proveniente de la región central de Madagascar, donde se creó el reino de Merina en torno a una monarquía sacralizada. El cuento está incluido en Cuentos populares de África (Siruela, 2012), volumen editado por José Manuel de Prada-Samper, estudioso consciente de que las personas cuentan historias para dar sentido al mundo y para enseñar, para recordar o, sencillamente, para entretenerse. Este cuento es una muestra de la inabarcable riqueza de las literaturas orales del continente donde nació la humanidad.


En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

Relacionado
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1 octubre, 2011

En «2011 Octubre»

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En «2014 Noviembre»

Que el fulgor de Rulfo te ilumine
Juan Rulfo: Antología Personal. México, Editorial Nueva Imagen, 1978 157. pp. Por lo sombrío que soy, creo que nací a medianoche. "Autobiografía armada" En 1974 Juan Rulfo sostuvo un diálogo con los estudiantes de la Universidad Central de Venezuela, les dijo que en su novela Pedro Páramo había dejado algunos…

1 abril, 1979

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36.º ANIVERSARIO DE LA MUERTE
DE MICHEL FOUCAULT
Vigilar y fornicar
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Vigilar y castigar:
Foucault y la otra
mirada al poder
Ronaldo González Valdés
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Presentamos un relato proveniente de la región central de Madagascar, donde se creó el reino de Merina en torno a una monarquía sacralizada. El cuento está incluido en Cuentos populares de África (Siruela, 2012), volumen editado por José Manuel de Prada-Samper, estudioso consciente de que las personas cuentan historias para dar sentido al mundo y para enseñar, para recordar o, sencillamente, para entretenerse. Este cuento es una muestra de la inabarcable riqueza de las literaturas orales del continente donde nació la humanidad.


En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

Relacionado
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1 octubre, 2011

En «2011 Octubre»

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En «2014 Noviembre»

Que el fulgor de Rulfo te ilumine
Juan Rulfo: Antología Personal. México, Editorial Nueva Imagen, 1978 157. pp. Por lo sombrío que soy, creo que nací a medianoche. "Autobiografía armada" En 1974 Juan Rulfo sostuvo un diálogo con los estudiantes de la Universidad Central de Venezuela, les dijo que en su novela Pedro Páramo había dejado algunos…

1 abril, 1979

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36.º ANIVERSARIO DE LA MUERTE
DE MICHEL FOUCAULT
Vigilar y fornicar
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Vigilar y castigar:
Foucault y la otra
mirada al poder
Ronaldo González Valdés
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Presentamos un relato proveniente de la región central de Madagascar, donde se creó el reino de Merina en torno a una monarquía sacralizada. El cuento está incluido en Cuentos populares de África (Siruela, 2012), volumen editado por José Manuel de Prada-Samper, estudioso consciente de que las personas cuentan historias para dar sentido al mundo y para enseñar, para recordar o, sencillamente, para entretenerse. Este cuento es una muestra de la inabarcable riqueza de las literaturas orales del continente donde nació la humanidad.


En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

Relacionado
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1 octubre, 2011

En «2011 Octubre»

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Que el fulgor de Rulfo te ilumine
Juan Rulfo: Antología Personal. México, Editorial Nueva Imagen, 1978 157. pp. Por lo sombrío que soy, creo que nací a medianoche. "Autobiografía armada" En 1974 Juan Rulfo sostuvo un diálogo con los estudiantes de la Universidad Central de Venezuela, les dijo que en su novela Pedro Páramo había dejado algunos…

1 abril, 1979

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36.º ANIVERSARIO DE LA MUERTE
DE MICHEL FOUCAULT
Vigilar y fornicar
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Vigilar y castigar:
Foucault y la otra
mirada al poder
Ronaldo González Valdés
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Presentamos un relato proveniente de la región central de Madagascar, donde se creó el reino de Merina en torno a una monarquía sacralizada. El cuento está incluido en Cuentos populares de África (Siruela, 2012), volumen editado por José Manuel de Prada-Samper, estudioso consciente de que las personas cuentan historias para dar sentido al mundo y para enseñar, para recordar o, sencillamente, para entretenerse. Este cuento es una muestra de la inabarcable riqueza de las literaturas orales del continente donde nació la humanidad.


En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

Relacionado
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1 octubre, 2011

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Que el fulgor de Rulfo te ilumine
Juan Rulfo: Antología Personal. México, Editorial Nueva Imagen, 1978 157. pp. Por lo sombrío que soy, creo que nací a medianoche. "Autobiografía armada" En 1974 Juan Rulfo sostuvo un diálogo con los estudiantes de la Universidad Central de Venezuela, les dijo que en su novela Pedro Páramo había dejado algunos…

1 abril, 1979

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DE MICHEL FOUCAULT
Vigilar y fornicar
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Vigilar y castigar:
Foucault y la otra
mirada al poder
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Presentamos un relato proveniente de la región central de Madagascar, donde se creó el reino de Merina en torno a una monarquía sacralizada. El cuento está incluido en Cuentos populares de África (Siruela, 2012), volumen editado por José Manuel de Prada-Samper, estudioso consciente de que las personas cuentan historias para dar sentido al mundo y para enseñar, para recordar o, sencillamente, para entretenerse. Este cuento es una muestra de la inabarcable riqueza de las literaturas orales del continente donde nació la humanidad.


En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



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Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

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A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

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1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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26-06-2020 11:35

"Coonskin" de Ralph Bakshi (https://www.youtube.com/watch?v=aM9sQoXlcdw / https://es.wikipedia.org/wiki/Coonskin / https://en.wikipedia.org/wiki/Coonskin_(film))

---------
Respeto
Dignidad
Justicia

Primitiva 30 de junio de 2012. 8 años de sueños arrebatados.

JUSTICIA PARA #AGF
---------
Permalink Post eliminado  
26-06-2020 11:37

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En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

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Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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1 octubre, 2011

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1 noviembre, 2014

En «2014 Noviembre»

Que el fulgor de Rulfo te ilumine
Juan Rulfo: Antología Personal. México, Editorial Nueva Imagen, 1978 157. pp. Por lo sombrío que soy, creo que nací a medianoche. "Autobiografía armada" En 1974 Juan Rulfo sostuvo un diálogo con los estudiantes de la Universidad Central de Venezuela, les dijo que en su novela Pedro Páramo había dejado algunos…

1 abril, 1979

En «1979 Abril»

Literal.




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36.º ANIVERSARIO DE LA MUERTE
DE MICHEL FOUCAULT
Vigilar y fornicar
Michel Foucault
Vigilar y castigar:
Foucault y la otra
mirada al poder
Ronaldo González Valdés
Verdad y poder
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Presentamos un relato proveniente de la región central de Madagascar, donde se creó el reino de Merina en torno a una monarquía sacralizada. El cuento está incluido en Cuentos populares de África (Siruela, 2012), volumen editado por José Manuel de Prada-Samper, estudioso consciente de que las personas cuentan historias para dar sentido al mundo y para enseñar, para recordar o, sencillamente, para entretenerse. Este cuento es una muestra de la inabarcable riqueza de las literaturas orales del continente donde nació la humanidad.


En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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1 octubre, 2011

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En «2014 Noviembre»

Que el fulgor de Rulfo te ilumine
Juan Rulfo: Antología Personal. México, Editorial Nueva Imagen, 1978 157. pp. Por lo sombrío que soy, creo que nací a medianoche. "Autobiografía armada" En 1974 Juan Rulfo sostuvo un diálogo con los estudiantes de la Universidad Central de Venezuela, les dijo que en su novela Pedro Páramo había dejado algunos…

1 abril, 1979

En «1979 Abril»

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36.º ANIVERSARIO DE LA MUERTE
DE MICHEL FOUCAULT
Vigilar y fornicar
Michel Foucault
Vigilar y castigar:
Foucault y la otra
mirada al poder
Ronaldo González Valdés
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Presentamos un relato proveniente de la región central de Madagascar, donde se creó el reino de Merina en torno a una monarquía sacralizada. El cuento está incluido en Cuentos populares de África (Siruela, 2012), volumen editado por José Manuel de Prada-Samper, estudioso consciente de que las personas cuentan historias para dar sentido al mundo y para enseñar, para recordar o, sencillamente, para entretenerse. Este cuento es una muestra de la inabarcable riqueza de las literaturas orales del continente donde nació la humanidad.


En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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1 octubre, 2011

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En «2014 Noviembre»

Que el fulgor de Rulfo te ilumine
Juan Rulfo: Antología Personal. México, Editorial Nueva Imagen, 1978 157. pp. Por lo sombrío que soy, creo que nací a medianoche. "Autobiografía armada" En 1974 Juan Rulfo sostuvo un diálogo con los estudiantes de la Universidad Central de Venezuela, les dijo que en su novela Pedro Páramo había dejado algunos…

1 abril, 1979

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36.º ANIVERSARIO DE LA MUERTE
DE MICHEL FOUCAULT
Vigilar y fornicar
Michel Foucault
Vigilar y castigar:
Foucault y la otra
mirada al poder
Ronaldo González Valdés
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Presentamos un relato proveniente de la región central de Madagascar, donde se creó el reino de Merina en torno a una monarquía sacralizada. El cuento está incluido en Cuentos populares de África (Siruela, 2012), volumen editado por José Manuel de Prada-Samper, estudioso consciente de que las personas cuentan historias para dar sentido al mundo y para enseñar, para recordar o, sencillamente, para entretenerse. Este cuento es una muestra de la inabarcable riqueza de las literaturas orales del continente donde nació la humanidad.


En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

Relacionado
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1 octubre, 2011

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Que el fulgor de Rulfo te ilumine
Juan Rulfo: Antología Personal. México, Editorial Nueva Imagen, 1978 157. pp. Por lo sombrío que soy, creo que nací a medianoche. "Autobiografía armada" En 1974 Juan Rulfo sostuvo un diálogo con los estudiantes de la Universidad Central de Venezuela, les dijo que en su novela Pedro Páramo había dejado algunos…

1 abril, 1979

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36.º ANIVERSARIO DE LA MUERTE
DE MICHEL FOUCAULT
Vigilar y fornicar
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Vigilar y castigar:
Foucault y la otra
mirada al poder
Ronaldo González Valdés
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Presentamos un relato proveniente de la región central de Madagascar, donde se creó el reino de Merina en torno a una monarquía sacralizada. El cuento está incluido en Cuentos populares de África (Siruela, 2012), volumen editado por José Manuel de Prada-Samper, estudioso consciente de que las personas cuentan historias para dar sentido al mundo y para enseñar, para recordar o, sencillamente, para entretenerse. Este cuento es una muestra de la inabarcable riqueza de las literaturas orales del continente donde nació la humanidad.


En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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1 octubre, 2011

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Que el fulgor de Rulfo te ilumine
Juan Rulfo: Antología Personal. México, Editorial Nueva Imagen, 1978 157. pp. Por lo sombrío que soy, creo que nací a medianoche. "Autobiografía armada" En 1974 Juan Rulfo sostuvo un diálogo con los estudiantes de la Universidad Central de Venezuela, les dijo que en su novela Pedro Páramo había dejado algunos…

1 abril, 1979

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36.º ANIVERSARIO DE LA MUERTE
DE MICHEL FOUCAULT
Vigilar y fornicar
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Vigilar y castigar:
Foucault y la otra
mirada al poder
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Presentamos un relato proveniente de la región central de Madagascar, donde se creó el reino de Merina en torno a una monarquía sacralizada. El cuento está incluido en Cuentos populares de África (Siruela, 2012), volumen editado por José Manuel de Prada-Samper, estudioso consciente de que las personas cuentan historias para dar sentido al mundo y para enseñar, para recordar o, sencillamente, para entretenerse. Este cuento es una muestra de la inabarcable riqueza de las literaturas orales del continente donde nació la humanidad.


En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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1 octubre, 2011

En «2011 Octubre»

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En «2014 Noviembre»

Que el fulgor de Rulfo te ilumine
Juan Rulfo: Antología Personal. México, Editorial Nueva Imagen, 1978 157. pp. Por lo sombrío que soy, creo que nací a medianoche. "Autobiografía armada" En 1974 Juan Rulfo sostuvo un diálogo con los estudiantes de la Universidad Central de Venezuela, les dijo que en su novela Pedro Páramo había dejado algunos…

1 abril, 1979

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36.º ANIVERSARIO DE LA MUERTE
DE MICHEL FOUCAULT
Vigilar y fornicar
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Vigilar y castigar:
Foucault y la otra
mirada al poder
Ronaldo González Valdés
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Presentamos un relato proveniente de la región central de Madagascar, donde se creó el reino de Merina en torno a una monarquía sacralizada. El cuento está incluido en Cuentos populares de África (Siruela, 2012), volumen editado por José Manuel de Prada-Samper, estudioso consciente de que las personas cuentan historias para dar sentido al mundo y para enseñar, para recordar o, sencillamente, para entretenerse. Este cuento es una muestra de la inabarcable riqueza de las literaturas orales del continente donde nació la humanidad.


En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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1 octubre, 2011

En «2011 Octubre»

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En «2014 Noviembre»

Que el fulgor de Rulfo te ilumine
Juan Rulfo: Antología Personal. México, Editorial Nueva Imagen, 1978 157. pp. Por lo sombrío que soy, creo que nací a medianoche. "Autobiografía armada" En 1974 Juan Rulfo sostuvo un diálogo con los estudiantes de la Universidad Central de Venezuela, les dijo que en su novela Pedro Páramo había dejado algunos…

1 abril, 1979

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36.º ANIVERSARIO DE LA MUERTE
DE MICHEL FOUCAULT
Vigilar y fornicar
Michel Foucault
Vigilar y castigar:
Foucault y la otra
mirada al poder
Ronaldo González Valdés
Verdad y poder
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Presentamos un relato proveniente de la región central de Madagascar, donde se creó el reino de Merina en torno a una monarquía sacralizada. El cuento está incluido en Cuentos populares de África (Siruela, 2012), volumen editado por José Manuel de Prada-Samper, estudioso consciente de que las personas cuentan historias para dar sentido al mundo y para enseñar, para recordar o, sencillamente, para entretenerse. Este cuento es una muestra de la inabarcable riqueza de las literaturas orales del continente donde nació la humanidad.


En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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1 octubre, 2011

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Que el fulgor de Rulfo te ilumine
Juan Rulfo: Antología Personal. México, Editorial Nueva Imagen, 1978 157. pp. Por lo sombrío que soy, creo que nací a medianoche. "Autobiografía armada" En 1974 Juan Rulfo sostuvo un diálogo con los estudiantes de la Universidad Central de Venezuela, les dijo que en su novela Pedro Páramo había dejado algunos…

1 abril, 1979

En «1979 Abril»

Literal.




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Hay por tanto una dificultad fundamental, interna, en la raíz del deterioro televisivo. El nivel ha descendido porque las estaciones, para mantener su audiencia, debían producir material cada vez más escandaloso y sensacionalista. El punto esencial es que difícilmente este material es también bueno

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26-06-2020 11:38

Presentamos un relato proveniente de la región central de Madagascar, donde se creó el reino de Merina en torno a una monarquía sacralizada. El cuento está incluido en Cuentos populares de África (Siruela, 2012), volumen editado por José Manuel de Prada-Samper, estudioso consciente de que las personas cuentan historias para dar sentido al mundo y para enseñar, para recordar o, sencillamente, para entretenerse. Este cuento es una muestra de la inabarcable riqueza de las literaturas orales del continente donde nació la humanidad.


En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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Que el fulgor de Rulfo te ilumine
Juan Rulfo: Antología Personal. México, Editorial Nueva Imagen, 1978 157. pp. Por lo sombrío que soy, creo que nací a medianoche. "Autobiografía armada" En 1974 Juan Rulfo sostuvo un diálogo con los estudiantes de la Universidad Central de Venezuela, les dijo que en su novela Pedro Páramo había dejado algunos…

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Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



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1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

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—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


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Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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México: El feudalismo imperfecto
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1 octubre, 2011

En «2011 Octubre»

Numeralia
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1 noviembre, 2014

En «2014 Noviembre»

Que el fulgor de Rulfo te ilumine
Juan Rulfo: Antología Personal. México, Editorial Nueva Imagen, 1978 157. pp. Por lo sombrío que soy, creo que nací a medianoche. "Autobiografía armada" En 1974 Juan Rulfo sostuvo un diálogo con los estudiantes de la Universidad Central de Venezuela, les dijo que en su novela Pedro Páramo había dejado algunos…

1 abril, 1979

En «1979 Abril»

Literal.




nexos hoy
JUEVES, 25 DE JUNIO DE 2020

36.º ANIVERSARIO DE LA MUERTE
DE MICHEL FOUCAULT
Vigilar y fornicar
Michel Foucault
Vigilar y castigar:
Foucault y la otra
mirada al poder
Ronaldo González Valdés
Verdad y poder
Francisco Hinojosa
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Actualidad del pasadoPresentamos un relato proveniente de la región central de Madagascar, donde se creó el reino de Merina en torno a una monarquía sacralizada. El cuento está incluido en Cuentos populares de África (Siruela, 2012), volumen editado por José Manuel de Prada-Samper, estudioso consciente de que las personas cuentan historias para dar sentido al mundo y para enseñar, para recordar o, sencillamente, para entretenerse. Este cuento es una muestra de la inabarcable riqueza de las literaturas orales del continente donde nació la humanidad.


En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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Que el fulgor de Rulfo te ilumine
Juan Rulfo: Antología Personal. México, Editorial Nueva Imagen, 1978 157. pp. Por lo sombrío que soy, creo que nací a medianoche. "Autobiografía armada" En 1974 Juan Rulfo sostuvo un diálogo con los estudiantes de la Universidad Central de Venezuela, les dijo que en su novela Pedro Páramo había dejado algunos…

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DE MICHEL FOUCAULT
Vigilar y fornicar
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Vigilar y castigar:
Foucault y la otra
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En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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Juan Rulfo: Antología Personal. México, Editorial Nueva Imagen, 1978 157. pp. Por lo sombrío que soy, creo que nací a medianoche. "Autobiografía armada" En 1974 Juan Rulfo sostuvo un diálogo con los estudiantes de la Universidad Central de Venezuela, les dijo que en su novela Pedro Páramo había dejado algunos…

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En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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1 octubre, 2011

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1 noviembre, 2014

En «2014 Noviembre»

Que el fulgor de Rulfo te ilumine
Juan Rulfo: Antología Personal. México, Editorial Nueva Imagen, 1978 157. pp. Por lo sombrío que soy, creo que nací a medianoche. "Autobiografía armada" En 1974 Juan Rulfo sostuvo un diálogo con los estudiantes de la Universidad Central de Venezuela, les dijo que en su novela Pedro Páramo había dejado algunos…

1 abril, 1979

En «1979 Abril»

Literal.




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36.º ANIVERSARIO DE LA MUERTE
DE MICHEL FOUCAULT
Vigilar y fornicar
Michel Foucault
Vigilar y castigar:
Foucault y la otra
mirada al poder
Ronaldo González Valdés
Verdad y poder
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Presentamos un relato proveniente de la región central de Madagascar, donde se creó el reino de Merina en torno a una monarquía sacralizada. El cuento está incluido en Cuentos populares de África (Siruela, 2012), volumen editado por José Manuel de Prada-Samper, estudioso consciente de que las personas cuentan historias para dar sentido al mundo y para enseñar, para recordar o, sencillamente, para entretenerse. Este cuento es una muestra de la inabarcable riqueza de las literaturas orales del continente donde nació la humanidad.


En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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1 octubre, 2011

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En «2014 Noviembre»

Que el fulgor de Rulfo te ilumine
Juan Rulfo: Antología Personal. México, Editorial Nueva Imagen, 1978 157. pp. Por lo sombrío que soy, creo que nací a medianoche. "Autobiografía armada" En 1974 Juan Rulfo sostuvo un diálogo con los estudiantes de la Universidad Central de Venezuela, les dijo que en su novela Pedro Páramo había dejado algunos…

1 abril, 1979

En «1979 Abril»

Literal.




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36.º ANIVERSARIO DE LA MUERTE
DE MICHEL FOUCAULT
Vigilar y fornicar
Michel Foucault
Vigilar y castigar:
Foucault y la otra
mirada al poder
Ronaldo González Valdés
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Presentamos un relato proveniente de la región central de Madagascar, donde se creó el reino de Merina en torno a una monarquía sacralizada. El cuento está incluido en Cuentos populares de África (Siruela, 2012), volumen editado por José Manuel de Prada-Samper, estudioso consciente de que las personas cuentan historias para dar sentido al mundo y para enseñar, para recordar o, sencillamente, para entretenerse. Este cuento es una muestra de la inabarcable riqueza de las literaturas orales del continente donde nació la humanidad.


En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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1 octubre, 2011

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En «2014 Noviembre»

Que el fulgor de Rulfo te ilumine
Juan Rulfo: Antología Personal. México, Editorial Nueva Imagen, 1978 157. pp. Por lo sombrío que soy, creo que nací a medianoche. "Autobiografía armada" En 1974 Juan Rulfo sostuvo un diálogo con los estudiantes de la Universidad Central de Venezuela, les dijo que en su novela Pedro Páramo había dejado algunos…

1 abril, 1979

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36.º ANIVERSARIO DE LA MUERTE
DE MICHEL FOUCAULT
Vigilar y fornicar
Michel Foucault
Vigilar y castigar:
Foucault y la otra
mirada al poder
Ronaldo González Valdés
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Presentamos un relato proveniente de la región central de Madagascar, donde se creó el reino de Merina en torno a una monarquía sacralizada. El cuento está incluido en Cuentos populares de África (Siruela, 2012), volumen editado por José Manuel de Prada-Samper, estudioso consciente de que las personas cuentan historias para dar sentido al mundo y para enseñar, para recordar o, sencillamente, para entretenerse. Este cuento es una muestra de la inabarcable riqueza de las literaturas orales del continente donde nació la humanidad.


En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

Relacionado
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1 octubre, 2011

En «2011 Octubre»

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1 noviembre, 2014

En «2014 Noviembre»

Que el fulgor de Rulfo te ilumine
Juan Rulfo: Antología Personal. México, Editorial Nueva Imagen, 1978 157. pp. Por lo sombrío que soy, creo que nací a medianoche. "Autobiografía armada" En 1974 Juan Rulfo sostuvo un diálogo con los estudiantes de la Universidad Central de Venezuela, les dijo que en su novela Pedro Páramo había dejado algunos…

1 abril, 1979

En «1979 Abril»

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36.º ANIVERSARIO DE LA MUERTE
DE MICHEL FOUCAULT
Vigilar y fornicar
Michel Foucault
Vigilar y castigar:
Foucault y la otra
mirada al poder
Ronaldo González Valdés
Verdad y poder
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Actualidad del pasadoPresentamos un relato proveniente de la región central de Madagascar, donde se creó el reino de Merina en torno a una monarquía sacralizada. El cuento está incluido en Cuentos populares de África (Siruela, 2012), volumen editado por José Manuel de Prada-Samper, estudioso consciente de que las personas cuentan historias para dar sentido al mundo y para enseñar, para recordar o, sencillamente, para entretenerse. Este cuento es una muestra de la inabarcable riqueza de las literaturas orales del continente donde nació la humanidad.


En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



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1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

Relacionado
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1 octubre, 2011

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En «2014 Noviembre»

Que el fulgor de Rulfo te ilumine
Juan Rulfo: Antología Personal. México, Editorial Nueva Imagen, 1978 157. pp. Por lo sombrío que soy, creo que nací a medianoche. "Autobiografía armada" En 1974 Juan Rulfo sostuvo un diálogo con los estudiantes de la Universidad Central de Venezuela, les dijo que en su novela Pedro Páramo había dejado algunos…

1 abril, 1979

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36.º ANIVERSARIO DE LA MUERTE
DE MICHEL FOUCAULT
Vigilar y fornicar
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Vigilar y castigar:
Foucault y la otra
mirada al poder
Ronaldo González Valdés
Verdad y poder
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Presentamos un relato proveniente de la región central de Madagascar, donde se creó el reino de Merina en torno a una monarquía sacralizada. El cuento está incluido en Cuentos populares de África (Siruela, 2012), volumen editado por José Manuel de Prada-Samper, estudioso consciente de que las personas cuentan historias para dar sentido al mundo y para enseñar, para recordar o, sencillamente, para entretenerse. Este cuento es una muestra de la inabarcable riqueza de las literaturas orales del continente donde nació la humanidad.


En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

Relacionado
México: El feudalismo imperfecto
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1 octubre, 2011

En «2011 Octubre»

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1 noviembre, 2014

En «2014 Noviembre»

Que el fulgor de Rulfo te ilumine
Juan Rulfo: Antología Personal. México, Editorial Nueva Imagen, 1978 157. pp. Por lo sombrío que soy, creo que nací a medianoche. "Autobiografía armada" En 1974 Juan Rulfo sostuvo un diálogo con los estudiantes de la Universidad Central de Venezuela, les dijo que en su novela Pedro Páramo había dejado algunos…

1 abril, 1979

En «1979 Abril»

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36.º ANIVERSARIO DE LA MUERTE
DE MICHEL FOUCAULT
Vigilar y fornicar
Michel Foucault
Vigilar y castigar:
Foucault y la otra
mirada al poder
Ronaldo González Valdés
Verdad y poder
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Presentamos un relato proveniente de la región central de Madagascar, donde se creó el reino de Merina en torno a una monarquía sacralizada. El cuento está incluido en Cuentos populares de África (Siruela, 2012), volumen editado por José Manuel de Prada-Samper, estudioso consciente de que las personas cuentan historias para dar sentido al mundo y para enseñar, para recordar o, sencillamente, para entretenerse. Este cuento es una muestra de la inabarcable riqueza de las literaturas orales del continente donde nació la humanidad.


En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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Actualidad del pasadoPresentamos un relato proveniente de la región central de Madagascar, donde se creó el reino de Merina en torno a una monarquía sacralizada. El cuento está incluido en Cuentos populares de África (Siruela, 2012), volumen editado por José Manuel de Prada-Samper, estudioso consciente de que las personas cuentan historias para dar sentido al mundo y para enseñar, para recordar o, sencillamente, para entretenerse. Este cuento es una muestra de la inabarcable riqueza de las literaturas orales del continente donde nació la humanidad.


En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

Relacionado
México: El feudalismo imperfecto
México: El feudalismo imperfecto
1 octubre, 2011

En «2011 Octubre»

Numeralia
Numeralia
1 noviembre, 2014

En «2014 Noviembre»

Que el fulgor de Rulfo te ilumine
Juan Rulfo: Antología Personal. México, Editorial Nueva Imagen, 1978 157. pp. Por lo sombrío que soy, creo que nací a medianoche. "Autobiografía armada" En 1974 Juan Rulfo sostuvo un diálogo con los estudiantes de la Universidad Central de Venezuela, les dijo que en su novela Pedro Páramo había dejado algunos…

1 abril, 1979

En «1979 Abril»

Literal.




nexos hoy
JUEVES, 25 DE JUNIO DE 2020

36.º ANIVERSARIO DE LA MUERTE
DE MICHEL FOUCAULT
Vigilar y fornicar
Michel Foucault
Vigilar y castigar:
Foucault y la otra
mirada al poder
Ronaldo González Valdés
Verdad y poder
Francisco Hinojosa
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Junio 2020
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Presentamos un relato proveniente de la región central de Madagascar, donde se creó el reino de Merina en torno a una monarquía sacralizada. El cuento está incluido en Cuentos populares de África (Siruela, 2012), volumen editado por José Manuel de Prada-Samper, estudioso consciente de que las personas cuentan historias para dar sentido al mundo y para enseñar, para recordar o, sencillamente, para entretenerse. Este cuento es una muestra de la inabarcable riqueza de las literaturas orales del continente donde nació la humanidad.


En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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Que el fulgor de Rulfo te ilumine
Juan Rulfo: Antología Personal. México, Editorial Nueva Imagen, 1978 157. pp. Por lo sombrío que soy, creo que nací a medianoche. "Autobiografía armada" En 1974 Juan Rulfo sostuvo un diálogo con los estudiantes de la Universidad Central de Venezuela, les dijo que en su novela Pedro Páramo había dejado algunos…

1 abril, 1979

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Presentamos un relato proveniente de la región central de Madagascar, donde se creó el reino de Merina en torno a una monarquía sacralizada. El cuento está incluido en Cuentos populares de África (Siruela, 2012), volumen editado por José Manuel de Prada-Samper, estudioso consciente de que las personas cuentan historias para dar sentido al mundo y para enseñar, para recordar o, sencillamente, para entretenerse. Este cuento es una muestra de la inabarcable riqueza de las literaturas orales del continente donde nació la humanidad.


En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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Juan Rulfo: Antología Personal. México, Editorial Nueva Imagen, 1978 157. pp. Por lo sombrío que soy, creo que nací a medianoche. "Autobiografía armada" En 1974 Juan Rulfo sostuvo un diálogo con los estudiantes de la Universidad Central de Venezuela, les dijo que en su novela Pedro Páramo había dejado algunos…

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En tiempos muy, muy remotos, hubo un rey llamado Andriambahoaka que tenía una hija única en edad ya de casarse. Según la tradición, a los padres les tocaba elegir el esposo de su hija. Unos confiaban simplemente en que el destino se cumpliera. Para otros, la inteligencia y la sabiduría debían ser las cualidades indispensables para el futuro yerno. Para el rey Andriambahoaka, no eran ni la fuerza ni la astucia los requisitos más meritorios, sino el talento para contar el angano1 más largo.

Todos sabían que el rey era un gran aficionado a los cuentos, y no pocas veces pasaba la tarde con sus sirvientes y sus cortesanos contando relatos e historias. El rey convocó entonces a sus súbditos para decirles:

—Aquel hombre que sepa relatar el cuento más largo se casará con mi única hija. Debe ser un solo cuento, que empezará a la puesta del sol y se acabará el día siguiente, a la salida del sol.


El rey dio un mes de plazo para hacer los preparativos. Los mensajeros fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para anunciar el concurso.

Desde que se enteraron, todos los hombres empezaron a aprender cuentos de memoria: todos, desde los más jóvenes hasta los menos jóvenes, viudos o divorciados, con la esperanza de tener la oportunidad de casarse con la hija única del rey y de heredar el trono.



Narradores africanos. Cortesía de Siruela.


Llegó el momento tan esperado. Muchos acudieron para pasar la prueba; todos parecían listos y animados. Vino el primer candidato, pero, después de algunos minutos, el rey le interrumpió diciendo que estaba mezclando dos cuentos. El siguiente fue más listo y más astuto: relataba con mayor lentitud para alargar el cuento, pero antes de medianoche ya no era capaz de decir nada más, porque su repertorio se había agotado.

Los que les sucedieron sudaban, temblaban o lloraban porque no podían llegar hasta el final. Curiosamente, dicen que hubo un joven que no pudo aguantar su sueño, y se durmió antes que los oyentes.

El rey y la reina estaban desesperados, pero no podían desdecirse de sus palabras, y siguieron esperando a que vinieran nuevos contadores.

En los confines del reino de Andriambahoaka vivía una familia muy pobre. Cuando se enteró de lo que ocurría en el palacio, el joven Ikoto pidió la bendición de su madre para participar en la prueba. Ésta le dijo:

—Hijo mío, ¿quieres que te corten la cabeza? ¿Cómo piensas competir con los ricos y con los oficiales, si tú no tienes nada y no eres más que un muchacho de posición insignificante?

—Lo intentaré al menos, madre —contestó Ikoto—. Lo intentaré como todos los que lo hicieron.

Entonces se fue al palacio. Los guardias no le dejaron pasar, pero insistió tanto que, finalmente, le permitieron entrar. El rey le dijo:

—Ningún hombre ha podido llegar hasta el final de la prueba. ¿Tú pretendes conseguirlo?

—Eso espero —le contestó Ikoto.

—Ya lo veremos —dijo el rey—. Empezarás esta tarde.

A la puesta del sol, todos estaban ya listos para presenciar el gran suceso. Ikoto empezó su relato:

—Dicen que al principio, cuando Zanahary creó el mundo, y todavía no había creado a los malgaches, había sólo valles por toda la isla de Madagascar. Los animales sí habían poblado ya la isla. Un día, pues, los animales se reunieron para hablar de un asunto muy importante. Todos estaban de acuerdo en que hacía falta construir sitios donde refugiarse, porque los vientos marítimos eran tan fuertes que todos los animales sufrían grandes problemas: los pájaros no podían volar, las tortugas no podían caminar, las hormigas no podían circular libremente, y las ratas y los erizos no se atrevían a aventurarse lejos. Entonces, se repartieron las tareas. Se les asignó a las hormigas la labor de amontonar tierras al sur. Se les dijo que la tierra de la parte nordeste de la isla era más ligera y más fácil de cavar. Así que las hormigas se fueron al nordeste, para transportar la tierra del nordeste al sur. Y la trasladaron del nordeste al sur…, la trasladaron del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…, del nordeste al sur…

Era medianoche y muchos de los oyentes comenzaron ya a mostrar signos de cansancio. Otros se fueron a casa. El rey y su reina siguieron esperando allí, e Ikoto seguía con su “la trasladaron del nordeste al sur” sin parar ni parecer preocupado por la ausencia de público.

El tiempo pasó. Las brujas volvieron a casa. Andriambahoaka seguía escuchando, muy concentrado, mientras sus súbditos roncaban. Cuando Ikoto notó que el rey empezaba a estar soñoliento, murmuró frases sin sentido para descansar un poquito, y en cuanto notaba que el rey volvía a estar atento, comenzaba a repetir de nuevo “y la trasladaron del nordeste al sur”. El gallo cantó.

—Le falta muy poco —murmuraba Ikoto.

Ya estaba amaneciendo, e Ikoto seguía contando y contando. Los que se habían ido a casa volvieron al palacio; los que se habían quedado dormidos, comenzaron a despertarse, pero Ikoto seguía contando su cuento. Por fin, el sol salió, pero Ikoto seguía contando:

—Y la trasladaron del nordeste al sur, del nordeste al sur, y así las hormigas construyeron las montañas de Ankaratra que conocemos hoy. Y todos los animales se pusieron muy contentos porque por fin tenían un sitio donde refugiarse. Angano angano, arira, arira…2

Los oyentes se quedaron maravillados, y el rey reconoció que el cuento de Ikoto era el más largo. Así que le dio la mano de su hija única. Se casaron, tuvieron muchos hijos y vivieron felices.

Angano, angano, arira, arira…



Anónimo

1 Según la autora de la tesis doctoral de la que procede este relato, “el término angano, o también anganom-baviantitra, es decir, ‘cuentos de viejas’, designa una categoría de narraciones de carácter ficticio, fabuloso, fuertemente simbólico, dominado por la imaginación y por la fantasía”. (N. del E.)

2 Ésta es, en su forma abreviada, la típica fórmula de cierre de los cuentos merina de Madagascar. La fórmula completa dice: Angano, angano, arira, arira / izaho mpitantara, / ianareo mpitsentsitra [Es un cuento, es un cuento, / si es mentira, es mentira, / yo soy el narrador, y vosotros os deleitáis con ello]. (N. del E.)

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